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viernes, 24 de noviembre de 2017

El circo

»Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados. Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes bien vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo:“Más bienaventurado es dar que recibir”»Hechos 20:32-35


      Reflexión

Cuenta un hombre la siguiente historia:
Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros.

Esta familia me impresionó mucho. Eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años. Se veía que no tenían mucho dinero. La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de dos en dos detrás de los padres, tomados de la mano. Hablaban con excitación de los payasos, los elefantes y otros espectáculos que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo y esto prometía ser un hecho relevante en su vida.

El padre y la madre estaban al frente del grupo de pie, orgullosos. La madre, de la mano de su marido, lo miraba como diciendo: “Eres mi caballero de brillante armadura”. Él sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: “Tienes razón” La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuántas entradas quería. Él respondió con orgullo: “Por favor, déme ocho entradas para menores y dos de adultos.” La empleada lo miró y le indicó el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse. Este se acercó un poco más y preguntó: “¿Cuánto dijo?” La empleada volvió a repetirle el precio. ¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo?

Viendo lo que pasaba, papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y lo tiró al suelo (nosotros no éramos ricos en absoluto). Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo: “Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo.”

El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incomoda. Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó: “Gracias, gracias señor. Esto significa realmente mucho para mi familia y para mi.”

Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo. Pero no nos fuimos sin nada, íbamos llenos de la satisfacción que da el hecho de hacer feliz a la gente, aunque no la conozcamos.

Mis queridos hermanos y amigos, cuando hacemos el bien sin esperar nada a cambio, nos llenamos de una tremenda satisfacción que sin duda tiene que ver con el cumplimiento de nuestra misión en esta vida. Este padre de familia de nuestra historia fue instrumento en las manos de nuestro Señor para bendecir al otro padre de familia, a quien Dios proveyó por ese medio. Ser instrumento de Dios para llevar felicidad y paz a otros debe ser nuestro objetivo. Mirar a los ojos de esas personas y ver paz en ellos derivada de nuestras acciones debe ser nuestra recompensa. Así funciona el Reino de nuestro Señor.

Que Dios te bendiga

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