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viernes, 24 de noviembre de 2017

La niña y el anciano


…“Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme”. Entonces los justos le responderán diciendo:“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?”. Respondiendo el Rey, les dirá:“De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”Mateo 25:34-40


      Reflexión

Nani era una niñita de seis años. Aquella tarde parecía haberse propuesto generar un terrible chirrido  que, por lo estridente, trastornaba los sentidos tanto de residentes como de quienes simplemente pasaban por allí. Y es que iba montada, pedaleando a toda velocidad, en su viejo y oxidado triciclo… un triciclo que habían disfrutado cuatro dueños anteriores y que ya había visto pasar sus mejores días.

Era tal la felicidad que mostraba por no haber tenido que disputar con ninguno de sus cuatro hermanos el juguete, que se sentía que era la reina y dueña de la calle.

Realmente no había ninguna cosa en ese instante que le interesara más que pedalear, subiendo y bajando a toda velocidad por la acera. Para ella ese chirrido era ¡música celestial!

Tras muchas vueltas, se interpuso en su camino un hombre que traía en su mano una latita. Era un anciano de gentiles ojos que transmitían amor. Cuando ella alzó su mirada y vio ese rostro tan bondadoso, su corazón vio al padre y abuelito que nunca tuvo. El diálogo entre los dos fue muy breve: “¿Me dejas arreglarte tu triciclo?” Obviamente, se trataba de uno de los atormentados vecinos. Luego de aceitado el triciclo, se oyó un “gracias, señor”, acompañado de una gran sonrisa que ambos se regalaron.

Ese sencillo gesto fue todo lo que bastó para que se iniciara la más pura y grande amistad entre los dos. No había día en que Nani, camino a su escuela, no pasara por el negocio del gentil anciano y le saludase con su manita y además le enviase una sonrisa a través del vidrio de la ventana.

Pasaron varios días durante los cuales no se vio la figura de la niña; el anciano ya la extrañaba, al haberse acostumbrado a su saludo al iniciar el día. Algo inquieto, se dispuso a visitar la casa de la niña y conocer su realidad. Él era el propietario de una mueblería que abastecía al humilde vecindario y conocía la condición de los vecinos.

Cuando llegó a la vivienda, se dio cuenta del triste drama… la madre estaba enferma y en cama y Nani tenía que cuidar de ella. Al ver la escasez en que vivían, con mucha cautela y ternura dijo el anciano: “Señora, ¿aceptaría que yo costee todos los gastos de su hijita hasta terminar sus estudios, incluyendo todas sus necesidades sin faltar una de ellas?” Con gran asombro e incredulidad la madre estupefacta aceptó tan inmerecido gesto.

A partir de ese día, Nani se vistió siempre con ropa y zapatos nuevos, y ahora comía todo lo que le gustaba, compartiendo con sus hermanitos su “abundancia”.

La promesa de ese perfecto desconocido –para ella, como salido de un cuento de hadas o, tal vez, como caído del cielo– se mantuvo, cumpliéndose día a día, hasta terminar sus estudios.

Mis queridos hermanos y amigos, precisamente de esto trata el amor al prójimo. Ser desprendido con personas que amamos es fácil, desprenderse de nuestro dinero para darlo a personas que no conocemos y que están en necesidad, no lo es. Es por ello que Dios pone su amor en los corazones de los creyentes, para que estos actúen en Su nombre; de esta forma todos nosotros nos convertimos en instrumentos en las manos de nuestro Señor y eso, mis queridos hermanos y amigos… es un privilegio.

Que Dios te bendiga 

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