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viernes, 1 de diciembre de 2017

El gobernador y la plaga de saltamontes

Si yo cierro los cielos para que no haya lluvia, y si mando a la langosta que consuma la tierra, o si envío pestilencia a mi pueblo; si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.2 Crónicas 7:13-14

      Reflexión

En el verano de 1876 los saltamontes casi destruyen las cosechas en Minnesota. Así es que en la primavera de 1877 los campesinos se preocuparon.

Creían que esa plaga mortal una vez más les visitaría y de nuevo destruiría la rica cosecha de trigo, trayendo ruina a miles de personas.

La situación era tan seria que el gobernador John S. Pillsbury proclamó el 26 de abril como el día de oración y ayuno. Exhortó a cada hombre, mujer y niño a pedirle a Dios que evitara aquel flagelo terrible. Ese día cerraron todas las escuelas, los mercados, las tiendas y las oficinas. Había un silencio reverente por todo el estado.

El día siguiente amaneció brillante y claro. Las temperaturas subieron mucho más de lo que normalmente alcanzan en verano, cosa muy peculiar que ocurra en abril.

Los habitantes de Minnesota se consternaron al descubrir miles de millones de larvas de saltamontes agitándose en su intento por vivir. El calor extraordinario persistió durante tres días y las larvas comenzaron a salir. Parecía que no iba a pasar mucho tiempo antes de que éstas empezaran a comerse el maíz destruyendo así la cosecha.

El cuarto día, sin embargo, la temperatura bajó súbitamente y esa noche la escarcha cubrió la tierra. Mató cada una de esas plagas que andaban arrastrándose con tal seguridad como si se hubiera usado veneno o fuego. Los campesinos agradecidos nunca olvidaron ese día. Pasó a la historia de Minnesota como el día en que Dios contestó las oraciones del pueblo.

Mis queridos hermanos y amigos, la única manera de que los seres humanos nos volvamos hacia Dios es a través del dolor, no entendemos de otra forma. Cuando todo camina bien, cuando las cosas se miran agradables, nos congratulamos a nosotros mismos y nos atribuimos esa gloria. Generalmente no vemos a Dios detrás de esa prosperidad, nos vemos a nosotros mismos y a nuestras habilidades para lograr el éxito. La Escritura dice que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces”, los seres humanos decimos “Toda buena dádiva y todo don perfecto nos lo hemos ganado gracias a nuestras habilidades”. Eso roba la gloria a Dios y nos aleja de Él. ¿Cual es la forma en que nuestro Señor nos regresa a depender de Él? Cuando somos conscientes de nuestra impotencia y percibimos que requerimos de un ser más poderoso que nosotros. Es allí cuando nos volvemos a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe.

Que Dios te bendiga

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