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lunes, 11 de diciembre de 2017

El limpia parabrisas

Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, pues esto es la Ley y los Profetas.Mateo 7:12


      

      Reflexión

Cuenta un hombre la siguiente historia:
Eran cerca de las once de la noche. Hacía algunos minutos había dejado a mi novia en su casa. El alto me tocó en un semáforo en el centro de la ciudad.

Una persona caminó hacia el vehículo e inmediatamente puse el seguro. Era un joven con el rostro sucio que blandía en su mano derecha un trapo pretendiendo limpiar el parabrisas. Dije que no sin mucho entusiasmo. El insistió y mi paciencia se agotó, sentí que la sangre se me subía a la cabeza y bajé el vidrio de mi ventana y encaré al joven casi gritándole: ¡Ya te dije que no!.

La primera apariencia que me dio fue de adicto, sin embargo al fijarme detenidamente en su rostro observé que estaba sucio, pálido y con una expresión de tristeza. “Con ese trapo tan sucio más bien me vas a ensuciar el vidrio” le dije.

Él bajó su cabeza y guardó silencio. La actitud humilde del joven me impactó.

Me sentí incómodo y para tratar de suavizar la situación le dije:

- ¿Por qué no te compras una palita limpia vidrios y así das un buen servicio?

- Es que no tengo dinero, respondió con voz suave que parecía un murmullo.

- Bueno pues ahorra y cómprate uno, le respondí. Levantó los ojo y me dijo:

- Está bien señor.

El incidente, quizás por ser algo tan frecuente en las capitales latinoamericanas, se me olvidó. Pasó el tiempo y una noche, en el mismo semáforo, un joven con el cabello al viento y con una sonrisa contagiosa se me acercó alegremente y me preguntó:

- ¿Ahora si señor me deja limpiarle el vidrio?

El joven lucía radiante, como si un rayo de felicidad iluminara su vida. Quedé unos instantes impávido, hasta que logré reconocerlo. Era el mismo joven de aquel incidente. Ahora estaba limpio y blandía en su mano derecha una palita de esa con que limpian vidrios.

- Mire señor, agregó el joven, le hice caso, ahorré y me compré mi limpiador, ahora me va muy bien.

Una carcajada brotó desde mi corazón, era la exhumación de culpa por mi altanería de algunos meses atrás. Por su puesto respondí y el joven de forma eficiente limpió el parabrisas. Le pagué por sus servicios y él agradeció gentilmente.

En la noche repasé los acontecimientos. Ese joven no tenía recursos ni esperanzas. Pero la necesidad y la voluntad de salir adelante bastaron para asirse de una posibilidad: cambiar su trapo sucio por un instrumento más eficaz y así mejorar sus ingresos. Se esforzó y lo logró. En cambio yo lo rechacé, lo humillé y lo traté cruelmente. ¿Qué me hubiera gustado que hicieran si yo hubiese sido ese joven? La respuesta fue evidente, que me compraran un instrumento de limpieza.

Mis queridos hermanos y amigos, esta historia nos deja dos lecciones, la del joven esforzado que, pese a su situación, buscó superarse y agradecido encontró alegría en un instrumento de limpieza; y la del hombre que no se puso en lugar del joven tratándolo con dureza y orgullo. ¿Cuántos de nosotros teniendo todo lo que necesitamos, en vez de caer de rodillas agradecidos con Dios por sus bendiciones, nos quejamos por lo que no tenemos? ¿A cuántos de nosotros el Señor nos da la oportunidad de ayudar a un joven y miramos para el otro lado? Seamos personas de acción, no basta con no hacer lo que no queremos que nos hagan, Jesús lo elevó al siguiente nivel: “Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”.

Que Dios te bendiga

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