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viernes, 8 de diciembre de 2017

El protector

Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo un guía, porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.Gálatas 3:25-27


      Reflexión

Si los animales marinos no tuvieran algún tipo de comunicación tanto el acoplamiento como la reproducción serían totalmente fortuitos y eso podría acarrear, incluso la extinción de la especie.

Es indispensable, entonces, que el macho y la hembra de una determinada especie posean señales claras para saber que el momento de la cópula ha llegado para poder sincronizar el encuentro.

Muchas veces esta comunicación está basada en olores, un rastro en el agua que el macho puede seguir hasta encontrar a la hembra dispuesta. Las feromonas generan aromas sutiles emitidos por ciertas especies para que los capten sus posibles compañeros sexuales.

Entre las langostas, las feromonas emitidas por las hembras se identifican con la hormona responsable de la muda del caparazón. Cuando el animal crece necesita cambiar de caparazón ya que esta coraza protectora por ser rígida va a impedir el normal desarrollo del cuerpo.

El problema es que hay un momento de gran vulnerabilidad entre la hembra que pierde el viejo caparazón y endurece el nuevo. En ese momento sería una presa fácil para los atentos depredadores que la encontrarían sin protección alguna.

Es por eso que la hembra comienza a liberar feromonas en el momento en que la muda está por producirse, los machos comienzan a acercarse a ella atraídos por el olor.

La hembra aún acorazada tiene tiempo para elegir al macho adecuado y rechazar a los demás, así como también defenderse de los depredadores atraídos por la misma sustancia. Una vez elegido el macho, éste espera el momento en que haya perdido el caparazón, entonces se monta sobre ella y la abraza con sus fuertes patas protegiéndola con su propio caparazón y sus antenas de los posibles atacantes.

El macho permanecerá en esta posición hasta que empiece a formarse un nuevo caparazón que proteja nuevamente a la hembra.

De este modo el macho estará protegiendo a la hembra y a los huevos fecundados que ella lleva consigo contribuyendo por partida doble a la preservación de la especie.

Mis queridos hermanos y amigos, como el macho de la langosta marina protege a su hembra rodeándola con su propio ser, así el Señor nos presenta ante su Padre celestial. Delante del Dios perfecto y santo no puede haber imperfección o pecado. Así lo afirmó el profeta Isaías cuando tuvo su visión del trono de Dios. Él dijo: “¡Ay de mí que soy muerto!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” Nadie puede presentarse delante del trono de Dios y vivir, a menos que tenga una santidad perfecta y sabemos por las Escrituras que “no hay justo, ni aun uno”. Por tanto tenemos que revestirnos en Cristo para que, cuando nos presentamos delante del Padre, Él vea a Su Hijo en nosotros. Por eso hoy los creyentes podemos afirmar lo que Pablo dijo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”.

Que Dios te bendiga

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