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martes, 5 de diciembre de 2017

Los 100 días del plebeyo

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra), para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.Efesios 3:14-19


      Reflexión

Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos y tronos. Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que el amor y la perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:

- Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar. Ella dijo:

- Tendrás tu oportunidad, si pasas esa prueba me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento.

De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos.

Al llegar el día 99, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar dónde había permanecido casi cien días.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:

- ¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?

Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas, el plebeyo contestó en voz baja:

- La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor.

Mis queridos hermanos y amigos, al contrario del plebeyo de la historia, Dios nos ama con amor incondicional, esto es, Su amor no depende de nuestra respuesta, depende de Su decisión de amar. Es por ello que no lo podemos merecer, Él lo otorga porque así lo decidió antes. Los griegos tenían una palabra específica para esta clase de amor, le llamaban “ágape”. El amor de Dios es de tal magnitud que en vez de eliminar a los seres humanos por desobedientes y castigar así el pecado, se hizo hombre en la persona de Jesús para recibir Él mismo el castigo que debía ser impartido a los hombres, dada su santidad y justicia. Rechazando al pecado amó así al pecador. Esa es la clase de Padre que tenemos, la pregunta es: ¿Somos nosotros esa clase de hijos?

Que Dios te bendiga

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