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lunes, 11 de diciembre de 2017

Tesoros escondidos

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen, y donde ladrones entran y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen, y donde ladrones no entran ni hurtan, porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.Mateo 6:19-21


      Reflexión

La palabra “naufragio” tiene gusto a fracaso y olor a misterio. Las historias que rodean a la historia de un barco hundido suelen ser tenebrosas y tapizadas de leyendas y coincidencias que desafían la imaginación. Simplemente no hay mares sin sal, ni naufragios sin misterios.

Corría el siglo XVII y América sangraba oro, plata y joyas preciosas que abultaban las repletas arcas de los reyes de España. Las siluetas de los galeones se recortaban amenazantes en los atardeceres del Mar Caribe. Su misión era transportar el producto por aguas colmadas de peligrosos y desconocidos escollos.

Los tripulantes se debatían entre la ambición y la carga máxima que un barco de la época podía transportar. La ambición solía ganar. El 4 septiembre de 1,622 una flota de 28 embarcaciones partían desde La Habana hacia España, en sus bodegas rebosantes se apiñaba plata de Perú y México, oro y esmeraldas de Colombia, perlas de Venezuela, los tesoros de un imperio que se hundía con la conquista. Pero no todos los barcos llegarían a destino.

El 6 de septiembre la flota sería alcanzada por un feroz huracán que asesinaría a ocho de sus embarcaciones, entre ellas Nuestra Señora de Atocha que se fue al fondo llevando consigo 265 almas. Sólo lograron salvarse del violento naufragio tres marineros y dos esclavos.

Un segundo huracán ocurrido un mes después esparciría aún más los restos de la nave y su preciosa carga. Pese a los esfuerzos españoles por recuperar el botín, parecía que el Atocha había sido definitivamente tragado por el mar y había desaparecido para siempre.

Mel Fisher no era sólo un buscador de tesoros, ni un buzo avezado, era además un hombre obsesivo y persistente. Decidido a encontrar los restos del Atocha empleó 16 años de su vida en los que formó un equipo de buzos para desanudar la historia. La férrea voluntad de Fisher finalmente dio sus frutos. El 20 de julio 1985 el detector de metales del barco de Fisher enloqueció. Dos buzos bajaron a investigar y sólo se encontraron con un arrecife en forma de pirámide alargada, rasparon una de las “piedras” y descubrieron que se trataba de barras de plata apiladas. El galeón de madera había desaparecido por completo y el tesoro quedaba expuesto a pocos metros por debajo de las transparentes aguas. El Atocha había sido encontrado después de permanecer cautivo del mar por 363 años.

Lo que siguió fue el rescate de un fantástico tesoro conformado por 1.041 barras de plata, 77 lingotes y discos de oro, varias cajas con 3.000 monedas de oro cada una, 3.000 esmeraldas colombianas y 85.000 objetos preciosos como cadenas y crucifijos de oro. Se trataba, nada menos, que del tesoro rescatado más grande de la historia después del descubrimiento de la tumba de Tutankamon. Impresionante si se tiene en cuenta que el Atocha era apenas una de las 28 naves de la flota.

Mis queridos hermanos y amigos, es sorprendente lo que los seres humanos estamos dispuestos a hacer por los tesoros que ambicionamos. Millones de personas a lo largo de la historia han muerto por causa de la ambición de unos pocos. En la cabeza del ranking de genocidios históricos, figura la conquista española que, dependiendo de la fuente de donde obtengamos la información, mató entre 60 y 100 millones de nativos americanos. Todo por los tesoros.

Cada persona ambiciona un tesoro diferente. Jesús nos manda a ser cautelosos con el tema. Nos insta a fijarnos en los tesoros celestiales antes que en los tesoros terrenales porque los motivadores de ambos son diferentes, el terrenal es nuestro poder y riqueza, el celestial es la gloria de nuestro Dios. Cuando lo vemos de esta forma es fácil elegir… ¿o no?

Que Dios te bendiga

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