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miércoles, 24 de enero de 2018

El hombre en el pozo

Aquel, respondiendo, dijo:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
 Le dijo:
—Bien has respondido; haz esto y vivirás.
 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús:
—¿Y quién es mi prójimo?
 Respondiendo Jesús, dijo:
—Un hombre que descendía de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y al verlo pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verlo pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino, vino cerca de él y, al verlo, fue movido a misericordia. Acercándose, vendó sus heridas echándoles aceite y vino, lo puso en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Otro día, al partir, sacó dos denarios, los dio al mesonero y le dijo:“Cuídamelo, y todo lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando regrese”. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
 Él dijo:
—El que usó de misericordia con él.
Entonces Jesús le dijo:
—Ve y haz tú lo mismo.
Lucas 10:27-37


      Reflexión

Un hombre cayó en un pozo, pero por más esfuerzos que hacía, no lograba salir de él. Comenzó a pedir auxilio.

Los que pasaban por allí, al escuchar sus gritos se asomaban para ver qué sucedía y desde arriba cada uno aconsejaba al hombre de manera diferente. Unos le decían que confiara en Dios y que tuviera paciencia, que Él lo sacaría. Otros se lamentaban e incluso algunos lloraban por lo que había ocurrido y se marchaban diciendo que lo tendrían presente en sus oraciones. Había quienes le reprochaban su irresponsabilidad y su falta de atención al caminar, sin fijarse por dónde iba y le daban largos sermones de moralidad. Algunos intentaban ayudarle diciéndole desde arriba lo que tenía que hacer para salir, pero como no conseguía hacerlo solo, se enfadaban y se marchaban diciendo que si no salía era porque él no quería. Había otros que tenían tanta prisa, que no tenían tiempo para ayudarlo.

Así, unos tras otros, iban asomándose a la boca del pozo. El hombre estaba desesperado. Todo eran palabras y más palabras, pero él seguía en el hoyo. Se le quitaron las ganas de pedir auxilio porque la ayuda que recibía de los hombres le hundía más en el agujero.

Pasó días en esa profunda depresión. Hasta que se asomó una persona, que en lugar de hablar desde allí arriba, puso una escalera, bajó hasta donde estaba él, le preguntó cómo se encontraba y le ayudó a salir de ahí. No supo cómo darle las gracias. Sólo pudo decirle: "Si Jesús existió, no creo que sea muy diferente de usted".

Mis queridos hermanos y amigos, Jesús claramente nos indicó en la “Parábola del Buen Samaritano” quien es ese prójimo a quien hay que amar como a nosotros mismos. Es cualquier persona en necesidad. Lamentablemente nuestra capacidad de amar solamente alcanza para nosotros mismos, para nuestros parientes más cercanos y tal vez para un amigo. Es por eso que requerimos del amor de Dios en nosotros, porque ese amor sí alcanza. No es casual que el primer mandamiento sea amar a Dios y el segundo al prójimo. La razón es simple, cuando amamos a Jesús con todas nuestras fuerzas, reconociéndole como nuestro Señor, Él pone Su amor en nosotros a través de Su Espíritu y es así como podemos amar a otros. El amor de nosotros no alcanza… el de Jesús sí.

Que Dios te bendiga

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