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lunes, 29 de enero de 2018

El hombre y los gorriones

Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos.2 Corintios 8:9


      Reflexión

Había una vez un agricultor escéptico. Cierta noche fría de invierno el hombre oyó un golpeteo irregular contra la puerta. Fue hacia una ventana y vio cómo varios pequeños gorriones, atraídos por el evidente calor que había dentro de la casa, se golpeaban contra el vidrio de la puerta. No solamente se refugiaban de la nieve para salvar su vida sino que intentaban entrar a un lugar mejor.

Conmovido, el agricultor se abrigó bien y cruzó el patio cubierto de nieve para abrir la puerta del granero para que los pobres pájaros pudieran entrar. El camino desde su casa al granero no era muy corto, por lo tanto ellos debía arriesgarse para cruzarlo en medio de la tormenta. Encendió las luces y echó algo de heno en un rincón. Los gorriones, que se habían dispersado en todas direcciones cuando él salió de la casa, se ocultaban en la oscuridad, temerosos.

El hombre intentó varias cosas para hacerlos entrar en el granero. Hizo un caminito de migas de pan para guiarlos. Dio vuelta por detrás por donde estaban los pájaros para ver si los podía espantar en dirección al granero. Nada dio el resultado esperado, los pájaros lo consideraban como una enorme criatura extraña que los aterrorizaba; los pájaros no podían entender que él estaba tratando de ayudarles.

El hombre de campo se retiró a su casa y observó a los gorriones, condenados a morir en el frío, a través de su ventana. Mientras los observaba, un pensamiento le llegó de repente: “Si tan sólo pudiera convertirme en un pájaro, ser uno de ellos por un momento, entonces no los asustaría. Les podría mostrar el rumbo hacia el calor y la seguridad aunque eso significase poner mi vida en peligro y hasta morir”. Y casi al mismo tiempo, otro pensamiento le golpeó con gran fuerza. Entendió la razón por la cual Dios se había hecho hombre.

Mis queridos hermanos y amigos, nuestro Señor renunció a sus derechos como Dios para hacerse hombre y morir por nosotros en la cruz. Allí pagó el precio que nos correspondía pagar a nosotros. Toda deuda pendiente fue pagada en la cruz y gracias a ello, tenemos acceso libre al trono de la gracia. Aceptemos hoy la invitación que nuestro Señor nos cursa: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

Que Dios te bendiga

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