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miércoles, 7 de febrero de 2018

El poder de la amistad

Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.San Juan 15:12-17


      Reflexión

Un hombre cuenta la siguiente historia:
Un viernes por la tarde, me dirigía a casa tras salir de clase. Un chico nuevo, alumno de primer curso de secundaria, iba media cuadra delante de mí. Se llamaba Kyle. Llevaba una pila de libros y tenía pinta de ser el típico alumno estudioso, capaz de pasarse el fin de semana estudiando. Yo ya tenía planeado lo que iba a hacer: iría a fiestas y jugaría un partido con mis amigos.

Momentos después, otros chicos corrieron hacia Kyle, le arrebataron los libros y le hicieron una zancadilla. Kyle cayó al suelo, sus gafas salieron volando y cayeron en la hierba a corta distancia. Mientras se levantaba, miró hacia mí. Aun a media cuadra de distancia, vi que estaba enojado, frustrado y humillado.

Me compadecí de él y corrí hacia donde estaba. Cuando llegué, andaba a gatas buscando sus anteojos. Intentó disimular las lágrimas que le nublaban los ojos. Yo hice como si no las hubiera notado. Le entregué los anteojos, y le dije: ¡Qué estúpidos! ¡No tienen nada mejor que hacer!

Kyle me miró y respondió: ¡Gracias! En los labios se le dibujó una amplia sonrisa que evidenciaba gratitud.

Le ayudé a recoger los libros y le pregunté dónde vivía. Era cerca de mi casa. Le pregunté cómo era que no lo había visto antes y me explicó que hasta entonces siempre había asistido a un colegio privado. Antes, yo nunca habría trabado amistad con un chico que asistiera a un colegio privado. Conversamos todo el camino a casa y le llevé algunos de sus libros. Resultó ser de lo más buena gente.

Le pregunté si quería jugar un rato al fútbol con mis amigos. Aceptó. Aquel fin de semana lo pasamos juntos. Mientras más conocía a Kyle, mejor me caía. Mis amigos compartían mi opinión.

En el transcurso de los siguientes cuatro años, Kyle y yo nos hicimos muy buenos amigos. Cuando estábamos en el último año de secundaria y empezamos a pensar en estudiar una carrera, optamos por distintas universidades. Sin embargo, sabíamos que siempre seríamos amigos. La gran distancia que mediaba entre nosotros jamás fue un problema. Kyle estudiaría medicina y yo administración de empresas, gracias a una beca.

Kyle fue el estudiante con el mejor desempeño académico en su clase y el que pronunció el discurso de clausura de curso.

Me di cuenta de que Kyle estaba nervioso antes de pronunciar el discurso. Le di una palmada en la espalda, y le dije: ¡Ánimo! ¡Te saldrá muy bien!

Me miró con una sonrisa llena de gratitud y respondió: Gracias.

Llegó el momento, subió al estrado y se aclaró la garganta.

La clausura de curso -dijo- es una oportunidad de dar gracias a los que nos ayudaron a salir adelante en los años difíciles: de dar gracias a los padres, a los profesores, a los hermanos, tal vez a un entrenador... pero más que nada a los amigos. No les quepa duda de que la verdadera amistad es el mejor regalo que se pueda recibir. Voy a relatar algo que me sucedió en una ocasión...

No podía dar crédito a lo que oía. Kyle se puso a contar lo que ocurrió el día en que nos conocimos. Confesó que ese fin de semana tenía pensado suicidarse.

Kyle me miró a los ojos, y me sonrió. Luego, prosiguió: Gracias a Dios, me salvé. Mi amigo impidió que cometiera una barbaridad.

Los presentes se sobrecogieron cuando aquel joven apuesto y querido les habló de su momento de mayor debilidad. Sus padres me miraron con la misma sonrisa de gratitud. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la gran trascendencia de lo que hice.

Y esto aprendí. Jamás debemos subestimar el poder de nuestras acciones. Un pequeño gesto puede transformar para bien o para mal la vida de otro.

Mis queridos hermanos y amigos, Dios ha depositado en nosotros esa gran responsabilidad, podemos influir en la vida de las personas, podemos causar impacto, la pregunta procede, ¿cómo lo estamos haciendo?

Que Dios te bendiga

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