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martes, 6 de marzo de 2018

A cara descubierta

Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha franqueza, y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de desaparecer. Pero el entendimiento de ellos se embotó, porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo sin descorrer, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado. El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor.2 Corintios 3:12-18


      Reflexión

El murciélago es una criatura muy rara. Cuando extiende sus alas y vuela se parece a un ave. Cuando las cierra y se esconde en su madriguera se parece a un ratón.

Refiere Esopo que allí en una antigüedad muy remota se desató una guerra entre las aves y los demás animales. El murciélago, que era muy cobarde, ideó un truco para evadir el tener que ir a la guerra. Cuando se encontraba con las aves abría sus alas y volaba pareciendo un pájaro. Cuando se encontraba con los animales de tierra las cerraba y se hacía parecer como uno de ellos. Lo inevitable sucedió. Las aves pronto descubrieron que en realidad él no era un pájaro. Los animales a su vez decidieron que él no era uno de ellos. Tanto los unos como los otros arremetieron contra él. Y desde entonces, según Esopo, el murciélago teme salir a la claridad y es por eso que hace sus correrías de noche.

Mis queridos hermanos y amigos, desgraciadamente, muchos cristianos viven una vida parecida al animal de la fábula, cuando deberían estar viviendo la vida cristiana victoriosa. Parecieran estar atrapados en la derrota. Parte del problema es que algunos hemos caído en la trampa de ponernos una máscara de cristianos. Nos conducimos piadosamente, en aparente triunfo, porque eso es lo que se espera de nosotros, pero en el interior sufrimos la derrota de la hipocresía.

No podemos vivir una vida cristiana plagada de hipocresía. Debemos ser sinceros, honestos, transparentes. No debemos depender de nuestros esfuerzos humanos para vivir la vida que el Señor desea que vivamos; debemos vivir en Cristo y dejar que Él haga Su trabajo por medio de nosotros. La Escritura en muchísimos textos nos grita: ¡quítense las máscaras!. La razón es simple, si nos mostramos como genuinos cristianos los demás sabrán a donde ir… cuando necesiten a Jesús.

Que Dios te bendiga

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